Esta mañana, Jorge, mi compañero que enseña Chi Kung y Tai Chi, me hizo reflexionar desde su sabiduría oriental sobre el valor de la paciencia. Me decía: «Aquí, en Occidente, falta paciencia en los procesos, especialmente en los de curación. Hay que observar la naturaleza; todo se cumple en su momento, sin prisa». Me invitó a dejar que la naturaleza nos inspire en cómo llevar nuestras vidas y nuestros propios procesos de curación.
La medicina occidental nos ha condicionado a buscar la respuesta rápida: ante el dolor, un fármaco que actúe de inmediato. ¿Quién se permite hoy guardar cama con fiebre si hay que producir? Un ibuprofeno resuelve el síntoma por unas horas y seguimos adelante, ignorando que el cuerpo nos está gritando que necesita descansar.
Siempre me he considerado una persona impaciente. Lo observo en mí y lo veo, quizás con más fuerza, en el ritmo frenético de las nuevas generaciones. Pero, ¿qué nos enseña realmente la enfermedad, una caída o una fractura? Nos enseña a cultivar la paciencia. Nos obliga a esperar a que todo sane con calma, porque la verdadera cura conlleva una transformación real a todos los niveles.
A diferencia de la inmediatez de nuestra cultura, la Medicina Tradicional China busca restablecer el equilibrio profundo para que la energía y la sangre fluyan, asegurando un estado de salud óptimo. Esta visión nos invita a desarrollar la paciencia como el camino más beneficioso para enfrentar la enfermedad.
Reconozco que cuesta. A mí también me cuesta. Por eso, trabajo mi impaciencia cada día a través de las prácticas de Mindfulness. Cuando me detengo en mi impaciencia, me doy cuenta de que es un intento de controlar los eventos. En ese momento, reconozco mi hábito y decido cambiar el control por el soltar y confiar. Al final, el aprendizaje más grande para disfrutar de la vida consiste precisamente en esto.
Como bien dice el capítulo 67 del Tao Te Ching:
«Solo tengo tres cosas que enseñar: simplicidad, paciencia y compasión. Estas tres son tus mayores tesoros. Simple en el pensamiento y la acción, retornas a la fuente del ser. Paciente con tus amigos y enemigos, armonizas con el modo de ser de las cosas. Compasivo contigo mismo, reconcilias a todos los seres del mundo».
Para el Tao, estas son las llaves de acceso a una vida plena:
- La compasión nos permite perdonar y aceptar con una comprensión profunda.
- La simplicidad nos ayuda a evitar el drama, reconociendo que ya tenemos lo necesario para ser felices ahora mismo, restando espacio a los deseos que crean sufrimiento.
- La paciencia nos permite transformar desde lo más profundo, soltando el control y desarrollando una confianza inquebrantable en la vida.
Las prácticas de Mindfulness me ayudan a integrar estos tres tesoros en mi día a día, a reconocerlos en mí y «regarlos» para que sean accesibles cuando más se necesiten.
Las palabras de Jorge hoy han sido un gran recordatorio: contemplar la naturaleza me ayuda a volver a esta forma diferente de ver la vida. Sigo en este camino, aprendiendo a vivir cada circunstancia desde la paz, la tranquilidad y el amor incondicional.
Gracias.
