Yoga en Nerja: Ralentizar y Conectar

Al iniciar una clase de Yoga en mi estudio en Nerja, siempre invito a los alumnos a cerrar los ojos y llegar a ese lugar y espacio que hemos decidido dedicar a la práctica, a través de la observación de la respiración. En particular, invito a observar el movimiento corporal de la respiración. La respiración es una herramienta que asocio inevitablemente al yoga en general, a las asanas y también a la meditación. Para mí, es el medio que permite realizar el verdadero significado del Yoga como unión entre nuestro cuerpo y nuestra parte espiritual, nuestro origen divino, la fuente. Es en sí una forma de ralentizar y llegar a casa, al momento presente.

Uno de los primeros actos de acercamiento al Yoga y, por lo tanto, uno de sus beneficios más inmediatos, es probablemente el de ralentizar. Dejas fuera las actividades y los programas que ya has hecho y que sigueras haciendo luego y te concentras, vuelves por un tiempo a esa unión contigo mismo y con el todo. Dejas de correr de un lado a otro tratando de hacer el máximo posible en esas que siempre parecen pocas horas diarias. Dejas de estar fuera, disperso, que es lo que tendemos a hacer siempre y por un tiempo vuelves a ti mismo, enfocando la atención dentro de ti.

Todo esto sucede cerrando los ojos, observando la respiración y tu cuerpo. Y así llegas a ese lugar y a ese momento. Entonces estás listo/a para comenzar la clase de yoga. Y si eventualmente, durante la práctica, la mente vuelve a dispersarse, te invito a realizar esta reconexión antes de continuar con la práctica.

En la primera asana siempre invito a sentir el cuerpo. ¿Cómo lo percibo? ¿Tengo nuevas tensiones hoy? ¿Cómo estoy? Percibo, siento, me escucho. Y respiro donde lo necesito. Llevar la respiración a un punto es curativo, increíblemente curativo. Oxigeno el cuerpo, las células y esa parte del cuerpo que más lo necesita.

La atención, donde pongo la atención es importante. Tiene un gran poder que descuidamos sin darnos cuenta de su increíble acción curativa.

Respiro en una postura, espiro en la siguiente. Percibo, siento la tensión, respiro, suelto.

Y para hacerlo solo puedo estar presente en mi presente.

Entonces el yoga se convierte en un fluir de una postura a otra con increíble elegancia, dictado por el ritmo de la respiración, en una especie de trance. Así vuelvo a mi verdadera naturaleza, en el silencio del movimiento.

Entonces el ritmo cambia, llegamos al ritmo humano que nos permite estar sin jadear. Que nos permite disfrutar de todo.

Siempre concluyo la clase con un mantra en sánscrito del budismo Zen, que aprendí en Plum Village, el monasterio budista fundado por Tich Nat Han, con el que nos comprometemos a permanecer lo más presentes posible y en auto observación durante todo el día.

Y quizás sucede que sales de la clase de yoga y te quedas con este nuevo ritmo y esta conexión contigo mismo y con el Todo y regalas más de una sonrisa a quienes te rodean, a quienes encuentras en la calle. No corres, estás en cada paso, escuchas a los pájaros, te encuentras admirando una flor o un árbol al borde del camino. También te detienes a saludar al vecino que te está haciendo señas con la mano, abrazas a tu hijo o a tu pareja durante más de 5 segundos cuando regresas a casa y te sientas un rato con él/ella antes de empezar a cocinar o hacer otra cosa.

El yoga vivido así te habrá llevado a ralentizar con todos los beneficios que el ralentizar conlleva Bienvenido/a a casa.

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