¿Has sentido alguna vez la caricia del agua al flotar boca arriba?….

El agua siempre ha sido mi santuario, 

un reino de serenidad donde puedo disminuir el ritmo, 

conectar con mi ser interior y sentir el ritmo de mis latidos 

y la cadencia de mi respiración. 

¡Cuántas veces he soñado con vivir bajo el agua 

y poder respirar libremente en este líquido 

que evoca recuerdos tan profundos de hogar!

Al fin y al cabo, estamos compuestos en un 70% de agua, 

al igual que todo el planeta. 

Comenzamos nuestra existencia acunados en el líquido amniótico del útero, 

pero al llegar al mundo, 

tendemos a perder el contacto con nuestros orígenes acuáticos. 

Si tan solo pudieramos volver al abrazo del agua, 

aunque fuera por momentos fugaces, 

recordaríamos nuestras raíces ancestrales 

y encontraríamos consuelo, una sensación de volver a casa.

Inmersos en el agua, nuestros cuerpos pierden peso, 

entregándose al suave balanceo de sus corrientes. 

En ese estado de tranquilidad, 

si nos dejamos llevar por la suave caricia del agua, 

experimentamos un abrazo maternal que nos acuna y sostiene.

¿Alguna vez has experimentado la sensación de flotar boca arriba, 

suspendido en el abrazo del agua?

Imagínatelo: tu cuerpo semisumergido, relajado y entregado, 

movido suavemente por las corrientes del agua, 

acariciado y arrullado hasta un estado de profunda relajación. 

Tus oídos sumergidos te permiten percibir el ritmo de tu respiración.

¿Cómo es ese sonido? ¿Rápido o lento?

Las primeras veces que escuchas tu propio aliento vital, 

puede ser sorprendente, 

pero pronto lo reconoces como el sonido del hogar

un refugio, un oasis de tranquilidad.

Y así, mientras flotas, con los ojos cerrados, 

concéntrate en tu respiración, 

relaja tu cuerpo y silencia tu mente. 

Quédate ahí unos minutos…

¿Cómo te sientes? ¿Quién eres realmente?

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